El derecho a errar, el deber de aprender

Vivimos en un sistema cultural permeado por las dinámicas del mercado, donde la mayor exigencia por parte de este es el acierto, el atino, el éxito, los logros, las medallas, las competencias, los títulos, la coherencia; nos exigen y nos enseñan a ser victoriosos, o por lo menos lo intentan. Quieren que las personas se acomoden a las dinámicas que impone la industria, el comercio. Asumen que los humanos son máquinas perfectas, que no tienen cabida a equívocos. Apartan de su naturaleza a las personas, los llevan a un ambiente artificial, parecido a un cautiverio con mucha extensión territorial y variedad de engaños para hacerle creer que se elige lo que se vive y que se es libre. Hacen de la vida de las personas un simple, pero azaroso, conjunto de pretensiones y aspiraciones para que evada la atención de las cosas simples: una vida académica promisoria, una vida de objetos inútiles, un núcleo familiar similar a una casa de muñecas, un registro en un archivo catastral y pensional, una cuenta bancaria, y demás. Muchas personas, agobiadas por la realidad y por las obligaciones sociales, terminan desarrollando graves traumas, en algunos casos, salen a flote los enfermos sexuales, los asesinos en serie, los censuradores, los radicales armados, pero no hay de qué preocuparse, para eso existen las clínicas siquiátricas, las cárceles, las religiones y los centros comerciales.

Los sistemas culturales de la modernidad, como es el carácter de este, intentan eliminar la herencia animal del hombre. No hay cabida al error en estos sistemas sociales, cualquier atisbo de fracaso se paga con creces, con grandes dosis de rechazo, de burla y, lo peor, de una intolerable lastima. Los pocos individuos que configuran la mentalidad de las personas olvidan un aspecto elemental y muy propio de los seres humanos, su constante inclinación al desacierto, a la equivocación, a la falla, al descuido, al desinterés. No somos máquinas, somos seres sentimentales, pensantes, cambiantes, incoherentes, desacertados, incompetentes: no nos dejemos engañar. En eso consiste la vida, en ir, continuamente, por la senda del error, por la vía del fracaso.  Nunca desfallecer y aprender en cada paso. Nunca ser la presa fácil de un proyecto social ajeno, un holograma de sociedad ideal, que no permite el deleite de las pequeñeces por estar en el túnel de la producción en masa, una especie de esclavitud maquillada de libertad, una vida al servicio de otro u otros.

            Algunos dirán que pensar así es propio de un fracasado y si, tienen razón. A eso le añadiría que es toda una profesión, hablo del fracaso, de la que se aprenden cosas valiosas a cada instante, sobretodo, cosas que cambian al mundo, por lo menos al directamente implicado y en la que seguramente, los que se dediquen a ella, nunca tendrán un momento de descanso. Más vale invertir el tiempo en la reflexión constante sobre la vida, incluso en la lucha por el pan, más digna y menos intensa, que vivir a la sombra de un sueño que hace parte de otro sueño y a su vez del proyecto de un emporio social y cultural de un grupo de individuos a los que poco les importa la humanidad y los deseos de su esclavo, por eso es que lo entretiene con migajas y con falsas nociones de confortabilidad.

Debemos hacer uso de nuestro derecho natural a errar, debemos ponerlo en práctica, para que, de nuestros fracasos, del rechazo que se genera a estos por parte del colectivo, surjan nuevas formas de configurar el mundo, formas más reales y sentimentales, más críticas y honestas, más combatientes y sin temor a nada.

Así como exigimos del mundo una serie de derechos y, para satisfacción de los más envidiosos y reaccionarios, nos asiste el deber de hacer cosas: una relación dicotómica entre el dar y el recibir. Si pudiéramos justificar de una forma ética esa noción del deber, las cosas serían distintas, menos agresivas. La emotividad nos lleva en la búsqueda del placer, si me motiva, si me genera placer, esa obligación queda desvirtuada en favor de un acto ético: ya no es una obligación, es toda una filosofía de vida. En la ética aprendemos a conocernos a nosotros mismos, nuestras capacidades y nuestros límites, nuestra capacidad de recuperación ante la adversidad, nuestras falencias, aprender del error puede ser la clave para no dañar al otro en el intento, es una especie de error controlado, respetando al otro.

Nos asiste, querámoslo o no, la obligación de aprender de nuestros errores. No podemos ir por el mundo cometiendo las mismas fallas una y otra vez. La ética del fracaso consiste en la capacidad de acoplarse al cambio, a la autocrítica, al análisis del lenguaje estereotipado y a la transformación de la realidad, al autocontrol y a la duda, a la memoria de los sucesos y al conocimiento de sus estados de ánimo.

De nada sirve errar si esto no ocasiona un cambio en sí mismo y en nuestras acciones, que parten desde una reflexión de la equivocación. Fallar nos permite hacer del aprendizaje una consecuencia y no el lanzamiento del mismo error para las mismas peleas. Errar y aprender de los tropezones es de la única forma como se puede lograr acabar con la cultura de la respuesta correcta, única. El aprendizaje requiere de una dosis de fracasos. Aprender es aceptar el fracaso, pero más importante aún, no alargar la derrota en el tiempo. El deber de aprender es hacerlo mejor y es hora de hacerlo mejor.

Indudablemente, para aprender a errar hay que hacerlo errando, no se puede aprender de los errores ajenos, por lo menos no de la forma en que se quiere. Siempre hay que tomar el toro por los cuernos, adentrarse en el error, impregnarlo de su perspectiva personal. Hacer propio el fracaso.

No significa esto tener miedo a volver a cometer errores y anular el hecho de que se cometieron, es tener la capacidad de volver a enfrentarse a situaciones similares y poder actuar de forma racional, y mesurada, con conocimiento del contexto y de las implicaciones de cada cosa que se hace.

Hay que errar, dedicarse al tema. Hacerlo propio, profesionalizarlo. Ser militante de la causa, convencer sobre la pertinencia y la necesidad de este para la vida. La felicidad se alcanza mediante el fracaso. No somos teorías infalibles, somos átomos, células, hormonas, redes de conocimiento, sentimiento y emoción. Actuemos como tal, tenemos que aprender del error.  Debemos evadir la perfección y la rutina, la aspiración de una vida de aciertos. Acabar, de una buena vez, con toda una vida de desesperanza y esclavitud.

Armando Quilombo

RECUERDOS DEL 1ER ENCUENTRO POR LA AUTONOMÍA Y LA LIBERTAD: MÉXICO – COLOMBIA, EN LA CIUDAD DE BOGOTÁ.

En el marco del primer encuentro por la autonomía y la libertad: México – Colombia, en la ciudad de Bogotá. Individuos y diferentes colectividades como el Centro Cultural Ricardo Florez Magón y Revolución internacional de México, T.J.E.R y Lxs Comunes de Colombia, reunidas en un sólo espacio, debatieron sobre las diferentes exposiciones y se encontraron para afianzar lazos de confianza y fraternidad. Los temas a debatir se centraron en la situación actual de los procesos organizativos y de resistencia que se están llevando a cabo en los dos países y que tienen como epicentro los escenarios magisteriales y/o educativos, sus perspectivas y problemáticas, sus planteamientos e utopías.

Producto de esta reunión se generaron proyectos en común entre ambos países y una agenda de trabajo solidario y autogestivo, para ser aplicado en los territorios que buscan autonomía y/o que están llevando a cabo procesos autonómicos. Se consensuó y se pactó un nuevo encuentro en el territorio mexicano para el año 2017, donde se dará continuidad al proceso iniciado, se seguirá tejiendo confianza y fraternidad, y se seguirá aprendiendo de los diferentes contextos de lucha.

Un nuevo proceso avanza, autonómico, luchador y solidario. Entre México y Colombia se construyen las bases de la autonomía y la libertad.

“El último día de la guerra”, el inicio de la movilización social.

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Al igual que la histórica noticia de esta semana (que fue opacada por la copa américa de fútbol), sobre el acuerdo de cese bilateral definitivo y el marco para la dejación de las armas y desmovilización de la guerrilla, hace unos años también nos emocionó la noticia sobre la intención de las partes en conflicto, de sentarse a negociar en la Habana Cuba los motivos de las disputas y las necesidades de los diferentes sectores civiles del país. Era la primera vez en 9 años que se les permitía a las FARC-EP hablar en público y expresar sus intenciones políticas, se veía venir en ese entonces un duro proceso y se veían las intenciones de la ultraderecha de estorbar para que nunca se llegara a este momento, además, se veía el fracaso de la política de seguridad “democrática” del expresidente Uribe: política de muerte y odio.

Todo comenzó ese 4 de septiembre del 2012 en Oslo (Noruega) donde se dio el anuncio de las intenciones de sentarse a negociar el posible fin del conflicto entre las FARC-EP y el Estado colombiano, basándose en una agenda de negociación ininterrumpida donde se resumían los puntos principales de las desigualdades en el país: desarrollo agrario integral, sustitución de cultivos ilícitos, participación política, reparación a las víctimas y desmovilización y fin del conflicto. Todo termina, o mejor dicho, todo vuelve a comenzar hoy, 23 de junio del 2016, cuando dichas partes dan el anuncio del fin del conflicto, cuando se dirigen al mundo para expresarle que han sido unas conversaciones difíciles, pero han logrado el acuerdo para silenciar los fusiles y las bombas, han llegado a acuerdos preliminares para terminar con el conflicto social y armado que se ha generado por las desigualdades que afronta el país. Fueron años difíciles y fue un camino largo por recorrer, se negoció al calor de la guerra, al calor de las críticas, de la incredulidad, pero nunca desfallecieron, al contrario, persistieron bajo la idea de que era posible acabar con las décadas de muerte y miseria que precedían a esta sociedad.

El acuerdo de la Habana ha tenido un alcance en materia de superación de las diferencias entre sectores de la oligarquía colombiana y la insurgencia de las FARC, mediando la población civil, y reúnen sólo algunos aspectos de las realidades políticas del país. Este acuerdo le deja muchas oportunidades a la explotación capitalista y esto no lo vamos a desconocer, sin embargo, sabemos también que genera ciertas garantías para los sectores políticos y civiles para ejercer el derecho a la libre protesta y para exigir derechos civiles sin el riesgo de ser señalados como guerrilleros y, por ende, tratados judicialmente como terroristas o en el peor de los casos, la muerte, las amenazas, el exilio, etc. Sabemos que el fin de las confrontaciones militares cederán el paso a las confrontaciones civiles, a los conflictos en diferentes campos y que la persecución política no va a cesar, al contrario, se va a intensificar, conflictos como los de los reclamantes de tierras y los campesinos por un campo más digno, el de estudiantes por una educación que promueva la libertad (contraria a la de “calidad”, que obedece a los intereses del capital), el de las víctimas por verdad justici y reparación, el de las personas sin hogar por un techo que mejore sus condiciones de vida, el de la población por una salud integral, entre otros conflictos.

Nos inquieta la situación de aquellas personas que han sido privadas de su libertad bajo la bandera de la guerra contra las drogas, desconociendo su participación en un conflicto social y armado, en un proceso de justa rebelión, como es el caso de los combatientes guerrilleros, presas de la intromisión norteamericana en el conflicto armado en Colombia y encarcelados de forma inhumana en los Estados Unidos. También nos preocupa la situación de las personalidades y organizaciones civiles que han optado por la vía de la participación política y que están siendo acosados disciplinaria y políticamentemente por el procurador general de la nación, Alejandro Ordónez, en una muestra de falta de garantía para que se lleven a cabo los cambios propuestos. Nos Inquieta esta situación porque atenta contra los acuerdos y porque atenta contra la libertad del individuo, así como sus derechos sociales y constitucionales que estos grupos exigen. Sabemos que este va a ser el panorama que le espera a muchos de los combatientes y a muchos luchadores sociales cuando se conviertan en personas problemáticas para los intereses del gobierno de turno; la cárcel, los procesos judiciales fraudulentos y amañados, la muerte política por medio de las destituciones, etc. Pero sobre todo, nos inquieta la actitud de personajes oscuros de la realidad nacional, como los expresidentes Pastrana y Uribe, que se oponen a “la paz” en Colombia y que promueven el odio en la población, odio que deriva en el re-armamiento de los grupos paramilitares y de extremaderecha, que ya se están haciendo notar en diferentes regiones del país.

Sin embargo, como lo dice el título del texto y como se menciona anteriormente, este es el fin del conflicto armado entre las FARC y el Estado colombiano y el inicio de diferentes conflictos sociales y civiles (en su mayoría no armados), lo cual no significa que sea la solución para todos los problemas del país y sus personas. Es necesario que este acuerdo se ejecute con la población civil afectada por el conflicto para que se lleven a cabo y no se queden en el papel o en el acto protocolario, es una obligación de la población civil en conjunto hacer que se lleven a cabo y que se respeten las humanidades de los que por tantas décadas se enfrentaron a tiros por defender sus ideas y sus intereses o que, por estar en zona de conflicto, sufrieron el terror de la guerra.

En este contexto se podría esperar, por parte del gobierno, destrabar los diálogos con el ELN e iniciar acercamientos con el EPL, para que las comunidades que habitan las zonas de influencia de estos grupos puedan tener la misma oportunidad y que puedan participar en los diálogos para acabar con el conflicto armado que los ha afectado. Sin embargo, la posición del gobierno no es clara en ese interés y asesta golpes intimidantes como el de la captura del ex comandante del ELN, que estaba dedicado a la difusión de ideas desde la vida civil.

En el colectivo “Los Comunes” no queremos oponernos a dichos acuerdos y es así, que acompañamos la celebración del suceso y lo apoyamos, pues es una ganancia para las personas que han luchado por su derechos y libertades, y nos parece irrespetuoso con ellos ejercer una oposición sin fundamento. Entendemos que no nos podemos negar al clamor popular, al de la gente en los campos y en los sectores periféricos urbanos, que son los que viven a diario el rigor de la guerra y la miseria, nos sumamos a este proceso pero con críticas y reservas, y con el convencimiento de que es necesaria la configuración de un nuevo sistema social, que promueva la libertad de pensamiento y que desacelere la presión del poder sobre los miembros de esta sociedad, que desmonte las instituciones y las estructuras burocráticas.

Hemos abierto, desde hace un tiempo, el diálogo y el debate con diferentes personas y colectividades cercanas a las ideas libertarias,  para acordar la participación (sin adhesión) en el contexto de la aplicación de estos acuerdos y para definir acciones ante el momento que se avecina en nuestro país. Diálogo que hacemos de forma pública y al que están invitadas todas las personas interesadas en hacer parte de un proceso alternativo, pero en consonancia con las realidades sociales, un proyecto autogestivo y crítico, un proyecto que intente, gradualmente, eliminar la dependencia de la sociedad al poder y el Estado.

¡Viva la Paz sin arrodillamiento! ¡Viva la equidad! ¡Viva la Libertad! ¡A luchar por nuestras libertades y no por los derechos!

Los Comunes, C.A.

Colombia, 23 de Junio del 2016.13148278_10154038660126368_999416814_o